La reciente aparición de Rodolfo Aguiar en la pantalla de LN+ no fue solo un round más en la pelea entre el sindicalismo y el periodismo. Fue, por el contrario, la confirmación de una deriva discursiva que parece haber perdido el contacto con la realidad del país. El secretario general de ATE, cada vez más cómodo en el papel de «bombero con nafta», cruzó esta semana una línea que debería preocupar tanto a propios como a ajenos.

Aguiar ha construido un perfil basado en la omnipresencia mediática y la adjetivación constante. Sin embargo, detrás de la «resistencia», asoma una preocupante falta de propuestas, datos falsos y un lenguaje violento. Mientras el Estado atraviesa una transformación profunda, el líder de los estatales responde con consignas que parecen sacadas de un manual de los años 70, ignorando que una gran parte de la sociedad (incluyendo a muchos de sus representados) demanda una modernización de las estructuras públicas.

Lo más grave, sin duda, ocurrió frente a Esteban Trebucq. Sostener que un gobierno democrático «tendría que terminar esta noche» no es una crítica política; es una irresponsabilidad institucional.

La crítica más feroz que recae sobre Aguiar es su aparente incapacidad para distinguir entre el trabajador estatal que cumple su tarea y las estructuras que han hecho del Estado un refugio de ineficiencia. Al oponerse a toda reforma por el solo hecho de serlo, Aguiar no está protegiendo al empleado público; está condenando a la administración estatal al desprestigio total frente a una ciudadanía que paga sus impuestos y recibe servicios deficientes.

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Por Lucas Roche

✒Lic. Analista y Asesor Político💡 Especialista en Marketing y 🗣Discurso Político📊Campañas Electorales #elpolitologoyelpolitico @lucasroche_politologo