Lo que hoy se observa en los jardines del Ministerio de Economía no es un proceso natural de renovación, sino el certificado de defunción de un patrimonio histórico que la desidia oficial condenó a muerte. La reciente tala de ejemplares secos en el predio de la calle 25 de Mayo es el acto final de una tragedia ambiental que comenzó hace seis años, bajo la responsabilidad compartida de la Municipalidad de Viedma y el Gobierno de Río Negro, ambos bajo el signo político de Juntos Somos Río Negro (JSRN).
La memoria es necesaria para entender el presente. Hacia fines de 2019, bajo el pomposo título de «Proyecto de remodelación de veredas y puesta en valor», las autoridades provinciales y municipales iniciaron una intervención que, lejos de embellecer, se ensañó con la historia de la capital.
Primero fueron las estatuas, retiradas y posteriormente destruidas; luego, el desmantelamiento de rosales históricos. Pero el golpe más duro fue contra el arbolado. En aquel entonces, el plan original pretendía talar más de 60 árboles sanos. La presión social logró frenar la masacre cuando ya habían caído 20, obligando a rediseñar el proyecto. Sin embargo, el «salvataje» de los 40 restantes resultó ser una farsa técnica.
El desconocimiento y la falta de profesionalismo de los funcionarios de turno quedaron expuestos en los jardines internos. Allí, en un alarde de ignorancia sobre la fisiología vegetal, se rellenó el terreno con cientos de metros cúbicos de tierra.
Las raíces y los troncos principales de al menos 12 árboles históricos quedaron sepultados bajo casi dos metros de tierra. Lo que cualquier especialista en agronomía o paisajismo habría advertido, el oficialismo lo ignoró: los árboles, asfixiados, comenzaron un proceso de agonía lenta. Hoy, lo que la Municipalidad y la Provincia retiran con motosierras son las víctimas de ese «entierro en vida». Eran árboles verdes que, por falta de sentido común y exceso de soberbia política, se secaron ante la vista de todos.
El caso del Ministerio de Economía no es un hecho aislado, sino el síntoma de una política de estado que parece despreciar el arbolado público. La falta de control en la Costanera y el abandono de los espacios verdes en los barrios periféricos dibujan un mapa de Viedma donde el cemento siempre le gana a la naturaleza.
La intervención en los jardines del Ministerio es el monumento a la impericia. Demuestra lo que sucede cuando personas sin formación técnica ni sensibilidad ambiental toman decisiones irreversibles. La destrucción de lo que llevó décadas crecer se ejecuta en minutos por orden de funcionarios que, al parecer, no escuchan propuestas alternativas ni comprenden el valor de la sombra en una ciudad que sufre veranos cada vez más crudos.
Hasta el momento, ninguna autoridad ha dado explicaciones sobre el costo económico y ambiental de este fracaso. La tala actual es el intento de ocultar las pruebas de una gestión desastrosa. Los vecinos de Viedma asisten, una vez más, al espectáculo de la motosierra como única respuesta a la falta de planificación.
La pregunta que queda flotando entre los troncos caídos es: ¿Cuántos errores más de este tipo debe soportar el patrimonio forestal de la ciudad antes de que se priorice la idoneidad sobre la militancia en los cargos de gestión ambiental? Ojalá, como claman los vecinos, algo así nunca más se repita. Pero mientras la lógica del «hacer por hacer» sin conocimiento técnico siga imperando en los pasillos municipales y provinciales, el arbolado de Viedma seguirá en peligro de extinción.
